
La continuidad.
Cuadras de arboleda, una plaza, otra, árboles nuevamente, caminar la ciudad y sus árboles sigue siendo un placer gratuíto y necesario.
Contra el pavimento, el ruido del tráfico, la sombra dura y el sol despiadado: caminar entre las hojas, escuchar el viento en las ramas, el zorzal y el chincol, disfrutar la sombra y la luz tamizada por la fronda.
La memoria.
No es usual que se confiera a los árboles de la ciudad un carácter patrimonial, normalmente esta categoría esta reservada a las construcciones. Un árbol se considera transitorio, mientras que las construcciones guardarían la memoria de la ciudad a través del tiempo.
Sin embargo, al recorrer nuestra ciudades, afectadas por la demolición-edificación de sus centros y barrios históricos, buscando los recuerdos (imágenes) de 20, 40 o 60 años atrás, nos encontramos con los árboles, sobrevivientes de la primera mitad del siglo pasado.
A veces es una araucaria, o un ceibo nacidos en uno de los jardines de las casonas de Viña del Mar, que hoy se yerguen entre edificios de departamentos. A veces sólo la gran arboleda de la calle nos permite el reconocimiento: aquí estoy, aquí estuve... Viña del Mar, Limache...